17 de diciembre de 2014

Aprender a pensar diferente

A veces quisiera que todos tuviéramos la oportunidad de emigrar aunque fuera solo por un año. Conocer otros países, otras costumbres, otra gente, es una oportunidad que cambia muchas cosas y que nos enseña a pensar diferente. Creo que fue Unamuno quien decía que "el fascismo se cura leyendo y los prejuicios se curan viajando" y vaya que tenía razón, por lo menos en lo segundo. 

Nuestro gentilicio está lleno de cosas maravillosas, como el cariño o la amabilidad, pero también de una cantidad de cosas que hoy en día veo como defectos. Hablo en este caso de nosotros, los venezolanos, porque es donde nací y lo que más conozco, es parte de lo que soy y lo que he sido. Nosotros que sufrimos comúnmente de un engreimiento feroz y una soberbia terrible. El venezolano suele creer que es el único que tiene la razón en todo, que "se las sabe todas", por ende es difícil aprender, porque no nos vemos en un espejo y reflexionamos sobre nosotros mismos, y eso es lo que el extranjero te enseña: a mirarte a ti mismo en un mundo real y lejos de tu zona de confort. 

Desde que salí de Venezuela una de las primeras cosas que noté y que al principio se me hacían un tanto incómodas era la falta de títulos, usted es fulanito de tal a secas, aquí nadie es doctor (ni de verdad, ni de mentira, ni con doctorado, ni sin él), profesor, jefe, consultor, director, a veces ni siquiera señor. Entonces cuando te toca referirte a un profesor de la universidad o a tu jefe solo con la desnudez de su nombre tu te sientes desubicado, sientes que hay algo en la estructura de poder que se perdió y se te hace complicado explicar la existencia de ese pedestal invisible, como el de los profesores que dan clases sobre un escalón y su invariable reafirmación de autoridad: yo soy el profesor y sé más que tú, sí más que tú, el que nunca le pone un 20 a nadie porque solo Dios es perfecto ¿quien no escuchó alguna vez a algún profesor decir la segunda parte?

Salir del país es encontrarte en la inmensidad del mundo y darte cuenta de la patria es un conuco con cerca de alambres en medio de un hato inmenso en el que se dan muchas siembras distintas. En esa vastedad hay de todo, gente de todos colores, de todos orígenes, de costumbres variopintas, de religiones que uno ni sabe que existen, hay países en donde se come el seco con cucharilla, en donde tocarle la cabeza a otra persona es un símbolo de irrespeto, hay países en los que en el mismo vagón del metro viajan el negro, el blanco, el judío, el musulmán, la negra africana con su traje de colores extravagantes, el homosexual con su pareja, la tipa que va llena de tatuajes y piercings, sin que ninguno voltee a mirar al otro con desprecio o a hacer un chiste que lo ridiculice. En donde el travesti te sirve el café y si lo miras mal el del problema eres tú. Eso es mundo, mucho mundo que hay más allá del Mar Caribe y en esa inmensidad, tú y yo somos un par de granos de arena.

Crecimos con la absurda idea de que tenemos las mujeres más bellas de mundo, las playas más bellas del mundo, uno de los países más ricos del mundo y tantos otros "más bellos y mejores". Cuando de política se trata, todos sin distinción usamos frases como "para que el mundo se entere" "el mundo sabe". Lamento ser portadora de malas noticias, pero el mundo más allá de Latinoamérica no tiene mucha idea de que hay un país que se llama Venezuela. Les juro que no quiero ser pedante, pero la verdad es que más o menos el 80% de las personas que he conocido, no saben que el país existe, no saben que tiene petróleo, mucho menos tienen idea de su situación política y si saben que Venezuela existe, en la mayoría de los casos no saben ni donde queda -usted podrá llamarlos ignorantes, pero la verdad es que esos ignorantes son mayoría-, entonces te sueltan frases como ¿eso es en África?, ahh sí eso queda por Asia ¿no?. Como comentábamos varios amigos, más de una vez nos ha tocado recurrir al recurso del vecino: ¿sabes dónde queda Brasil? - Sí, en Suramérica ¿y sabes dónde queda Colombia? -Sí, en Suramérica, bueno, en el medio hay un país que se llama Venezuela, de ahí vengo yo. 

Ese es un ejercicio que convierte tu ego en un colador y hace que se te espiche rapidito, y que a mí particularmente, me hace pensar qué habría pasado con nosotros si en lugar de pasar tanto tiempo mirando hacia el norte y preocupándonos por los demás, hubiésemos invertido ese tiempo en mirarnos a nosotros mismos y en construirnos a partir de nuestra propia historia. 

Por otra parte, con el ego desinflado e insertándote en una sociedad distinta, aprendes a adaptarte y a ver el mundo de otra manera. Aprendes que una mujer puede ser perfectamente valorada aunque no ande con las uñas perfectamente pintadas y no amanezca en la oficina vestida como una miss. Aprendes que lo que hace el vecino no es problema tuyo, ni problema del vecino lo que hagas tú, es más, al vecino, al pana, al compañero de trabajo, le interesa muy poco lo que haces, cuáles son tus hábitos, cuántos hermanos tienes, con quien te acuestas. Ese tipo de cosas hacen que te vuelvas más callado, que como decía ayer un amigo "aprendas a medir lo que dices", uno se da cuenta que compartimos demás y con detalles cosas de nuestras vidas con los demás, a veces sin querer puede hacer un comentario pasado de tono o inapropiado porque en nuestro país somos así y no nos damos cuenta de la seriedad con la que otros toman sus situaciones. Resulta que así como uno siente que hay quien llega a opinar de lo nuestro sin saber, la verdad es que muchas veces uno opina de los asuntos de los demás sin saber. Cada país con sus realidades. 

He entendido una cosa más, no creo que el que llegó a Venezuela con una mano adelante y otra atrás sea mejor, más inteligente o más trabajador que el venezolano, es más, no creo que el venezolano sea flojo. Comprendí que hay una ley simple: el emigrante tiende a destacarse porque al estar lejos de lo suyo, sin familia, sin plata y sin apoyo, sólo tiene una opción: trabajar muy duro. Porque como emigrante dejaste todo atrás, el vive en el país donde nació, ya tiene su lugar propio y sus derechos y sus comodidades, tú eres un recién nacido sin mamá y eso puede hacer que te destaques más. Entonces no eres mejor, ni peor, simplemente eres emigrante con todo lo que eso conlleva, incluyendo esforzarte el doble. 

La verdad es que durante el tiempo que llevo afuera no he dejado de aprender y de sorprenderme. Les contaré una anécdota: hace unos días me invitaron a un almuerzo navideño de trabajo y resultó que "los mesoneros" eran los gerentes de todos los departamentos, ellos sirviéndole la comida al pasante, el trago a la señora que limpia, recogiéndole el plato al empleado. Pasó una hora en la que yo me sentía como pajarito en grama, saqué -como me dijeron ayer- el sombrero de cogollo y las alpargatas, y le ofrecí ayuda a mi gerente, porque en mi cabeza criolla no cabía muy bien la idea de que tu jefe tenga un gesto de servicio contigo, pero mi ayuda fue rechazada porque "esto es un homenaje al trabajo del equipo que labora aquí". Y entonces recordé que desde que llegué aquí no he vuelto a escuchar frases como "por órdenes de..", "porque yo lo digo"; esos sonidos que hoy se me hacen tan lejanos, fueron reemplazados por "¿qué proponen ustedes?" "¿qué les parece sí?", "un manager está para apoyar al equipo, no para darle instrucciones". Pero más que escucharlas, las hacen realidad, la verdad es que nunca más alguien me dio una orden y si sienten que son superiores e infalibles porque tienen cargos mayores al mío, nunca lo han dicho en voz alta o demostrado con sus acciones. 

Esta anécdota me hizo pensar además que nosotros somos como una constante cadena de mando, en la cual uno tiene que demostrar ser el macho alfa de la camada, 24 horas al día los 7 días a la semana, yo jamás vi a un gerente servirle un trago a alguien ni siquiera por cortesía en una fiesta, yo nunca escuché que a alguien se le consultara algo. Es como si aquello de "la letra con sangre entra" se nos hubiese quedando instalado en el alma para siempre y en un contexto mucho más amplio que la cultura, y yo no creo que eso sea bueno para un país, porque entonces vivimos en una constante lucha no solo por tener el poder, sino por ejercerlo y ejercerlo de ese modo que implica de algún modo disminuir al otro, como en una constante cadena de violencia psicológica, de la ley del más arrecho, que es peor que la supervivencia del más apto. 

En fin, ojalá que pudiéramos viajar y conocer y aprender, salir de las cuatro paredes que nos rodean y entender que el mundo es inmenso, que hay muchas maneras de entenderse, que aceptar las diferencias es una forma de respeto que inicia el diálogo, que hay diversas maneras de pensar y ninguna de ellas es menos válida. Creo que si todos pudiéramos salir del país aunque fuera por un año, nos empezaríamos a curar de las faltas de respeto, de la violencia verbal, de la necesidad de ser más que los demás, de la "estatutitis"; pero lo más importante, si todos pudiéramos viajar nos darían un baño de agua fría diaria que nos obligara a ser más humildes y con ello más tolerantes, y ese mi gente, puede ser un principio que de paso al verdadero respeto y reconocimiento del otro, en todas sus dimensiones. Creo que entonces podríamos ser un país mejor. 

14 de setiembre de 2014

A un año de mi partida (porque emigrar es un proceso)

Emigrar, esa palabra que desde hace algunos años se convirtió en un tema recurrente en la conversación y la mente de muchos venezolanos, especialmente de los más jóvenes. Ese algo que se toma a la ligera con la idea de que todo en otra parte es mucho mejor. Hoy, a un año de haber emigrado, amanecí con la sensación de que necesito hablar de esto con más calma, y aquí voy. 

En 2006 cuando recién terminaba mis estudios de derecho, muchos compañeros se fueron inmediatamente al extranjero para hacer postgrados, yo a pesar de las presiones y de la insistencia de muchos, decidí quedarme, decidí que salir de Venezuela no era una opción para mí, que quería vivir y morir allá y que salir, aunque fuera un par de años no estaba entre mis planes. Pasados unos años decidí que quizás hacer un postgrado afuera no era tan mala idea después de todo, así que me embarqué en la maravillosa aventura de estudiar inglés en Canadá -un paso previo necesario para entrar al postgrado-, esos fueron sin duda, meses de extrema felicidad para mí. Hasta ese entonces, aún pensaba que podía estudiar y tal vez regresar a Venezuela al terminar para construir un mejor futuro allá. Regresé para hacer todos mis trámites y volver a hacer mi postgrado, pero como dice mi mejor amigo "si quieres hacer reír a Dios, haz planes". La vida se encargó de írmelos cambiando a su placer y así fue como terminé del otro lado del charco, estudiando un postgrado en algo muy distinto a mi carrera. 

Los meses previos a la salida no fueron fáciles, hubo mucho estrés, muchos papeleos, mucho sacar cuentas, al derecho y al revés, se puede, no se puede, cómo hacemos; y es que después de todo, tomar los ahorros de toda la vida y salir del país por los propios medios, cuando se es clase media, no es fácil. Sin colchón parental con cuenta en dólares, así, sola, contra el mundo. Cadivi representó un dolor de cabeza que pareció y parece ser una especie de migraña crónica, respuestas retardadas y peros por doquier, como si la ciencia fuera entorpecer y, en ese calvario he ido ganando experticia mucho después de haberme bajado del avión. 

Aquí debo hacer una pausa importante y necesaria, antes de emigrar vemos fotos de amigos, los vemos regresar al país de vacaciones y nos parece que el extranjero es un paraíso completo, que todo va a ser fácil y sencillo. Los amigos suelen regresar de vacaciones y hablar de lo bien que viven, generalmente el único pero es que no se rumbea igual o que la gente no es igual. Es por eso que yo debo agradecer profundamente a las tres personas que tuvieron la franqueza de hablarme del proceso de emigración con toda sinceridad, una tía que más que tía ha sido un ángel, quien no sólo me prestó apoyo de todo tipo, sino que también solía hablarme de su experiencia e incluso llegamos a tener discusiones épicas cuando yo consideraba que ella estaba muy apegada a Venezuela. 

En ese mismo orden de ideas, un primo que siempre ha sido como mi hermano, junto con su pareja, se sentó conmigo una noche, cuando yo anuncié mi decisión de emigrar - mucho antes de que los planes se materializaran- y me hablaron tanto de su experiencia, en toda su crudeza que en algún momento tuvieron que aclarar "no te estamos desalentando, sólo queremos que sepas que no todo es color de rosa". La conversación fue fuerte y por momentos parecía más bien un manual de todo lo malo que le puede pasar a un emigrante. No lo niego, fue un shock, pero a cada paso de mi experiencia, la he recordado y agradecido incansablemente. No tengo la excusa de decir "nadie me dijo que podía ser así"

Acabada la pausa, prosigo: Los últimos días antes de partir, estuve constantemente teniéndole miedo al cuero después de haber matado al tigre. Desde el día en que recibí la admisión de la universidad, lloraba un poco cada noche, mientras le decía a mi perro que lo amaba, le pedía perdón por lo que iba a hacer y le pedía que cuidara a mi mamá. Vaciar mi cuarto, meter veintinueve años de vida en dos maletas y un morral, decirle adiós a lo conocido, a los afectos, ver a mi perro aullar cuando me despedí de él sin querer dejarme venir (él lo sabía, yo sé que lo sabía) y abrazar a mi mamá en ese adiós en el aeropuerto, fueron de las cosas más difíciles que me tocaron hacer. Yo soy sentimental, así que los papeleos, las angustias y el estrés, fueron un juego de niños al lado de la separación. 

Llegué a media noche, me bajé del avión, en un país desconocido, tomé mi tren con mis dos maletas pesadísimas y me pasé una hora esperando un taxi en medio de la fría noche, sin saber que al cruzar la calle tenía una línea llena de ellos. Llegué a mi nuevo hogar: un cuarto bonito y pequeñito, intenté desempacar mis ventinueve años para instalarlos en otra casa, traté de tender la cama con una sábana que no era un esquinero y así como por arte de magia, empecé a llorar porque no podía tender bien la cama. Lloré con una desolación hasta entonces desconocida para mí, no era la cama, no era el frío, era otra cosa, era yo en la inmensidad del mundo, sola, asustada y aturdida. Al día siguiente empezó una rutina que duró un tiempo, asombrarme durante el día y llorar en las noches antes de dormir, poco a poco me acostumbré y eso fue pasando, pero puedo decir con sinceridad que nunca en mi vida había llorado tanto como durante este año. 

La experiencia del emigrante ofrece unas contradicciones que aún se me hacen hasta cierto punto incomprensibles, por un lado encuentras la lágrima fácil en ciertas tonterías: un olor, un recuerdo, un sonido, un sabor; por otra parte, te fortalece, como creo que nunca en la vida otra experiencia me hubiese fortalecido. Después de separarme de todo lo conocido y lanzarme esta aventura, siento que soy capaz de sobrellevar cualquier cosa, ya no siento tanto miedo de la vida, me acostumbré a lo desconocido, a la incertidumbre, a los cambios y a las despedidas. En un año mi vida ha cambiado radicalmente, por lo menos tres veces, sin aviso y sin protesto. Me he despedido de tanta gente, que he aprendido a apreciar a cada quien en su espacio y en su tiempo. La incertidumbre se apoderó de mi vida hasta el punto de alterarme permanentemente el sueño, nunca más volví a dormir con esa sabrosura con la que lo hacía en la casa de mi madre, vivo con una constante ansiedad que es incómoda, pero también muy útil para impulsarme a superarme. 

Emigrar me ha ayudado a curarme de los prejuicios, he entendido por ejemplo que es falso que todos los alemanes sean racistas, por el contrario, se me han hecho gente bastante abierta y cálida. He comprendido que los italianos y españoles son como los latinos de Europa, se comportan muy parecido a nosotros, y me encontré a la noruega más bochinchera y cariñosa que debe existir en ese país. Reafirmé que los colombianos son lo más parecido que existe a nosotros, aunque más recatados, y me hice de una hermana nacida en esa tierra que es como tener a mis mejores amigos en casa. He aprendido a aceptar las diferencias culturales y a entender que cada quien tiene sus formas y maneras, sin que eso los haga mejores o peores, simplemente son distintos. He conseguido, afortunadamente, a gente maravillosa de todas partes del globo, pasando por el mismo proceso que yo y hemos aprendido mutuamente de culturas y comportamientos, placeres y sufrimientos. He recordado a mi mamá que siempre decía que a mi me iba a ayudar la facilidad que tengo para hacer amigos, yo nunca creí que la tuviera, hoy me he dado cuenta de que sí la tengo y de que tengo que agradecer esa capacidad. Nunca me ha faltado una mano solidaria, ni un abrazo, ni un amigo. 

Pero este proceso también tiene cosas duras, como llegar a un país en donde no eres nadie, nadie te conoce, nadie sabe quien eres y cualquier cosa que hayas hecho antes, por brillante que sea, a nadie le importa. Eso para mí, no fue tan difícil porque desde un principio me vine con la costumbre de mirarme al espejo por las mañanas y decirme a mi misma "mi misma, aquí no eres nadie, así que ponte los zapatos y sal a construirte de nuevo", pero he visto a más de un venezolano estrellarse con esa pared y golpearse bien duro. Aprendí a tener el corazón dividido entre dos países, uno huye de la vida diaria venezolana, pero no se separa de la angustia por lo que suceda allá y por quienes te quedan en el país de origen, tardé mucho tiempo en desarrollar un equilibrio que me permitiera vivir mi vida aquí, sin que lo que pase allá me afecte en mi día a día de aquí ¿suena egoísta? quizás lo sea, pero si no desarrollas eso, tienes demasiadas cosas para procesar y te conviertes en una permanente bomba de tiempo. 

Mi primer trabajo fue un karma: nueve horas diarias parada en un mínimo recuadro sin moverme para nada y sin tomar descansos, salvo para orinar, hicieron que los pies me dolieran permanentemente, que se me inflamaran tanto que mudara la piel como si me hubiese insolado, trabajar por turnos arruinó mi ya desestabilizado patrón de sueño. Lo odié profundamente, cada día, como nunca había odiado otro trabajo, pero también cada día me decía a mi misma "hay que comerse las verdes para luego comerse las maduras". Desarrollé el hábito de recordar cada día que ese sueldo mínimo me daba para mantenerme mucho mejor de lo que hubiese soñado en Venezuela con mi sueldo de abogada y así, asistí cada día a entregar lo mejor de mi, aunque cada día deseara que llegara pronto algo mejor ¡y llegó!  Afortunadamente, conseguí con quien desahogarme y ese hecho de saber que no eres el primero, ni el último que ha pasado por cosas complicadas en el proceso de emigración, es un apoyo increíble para desarrollar fortalezas. 

Este escrito, es un montón de ideas sueltas y confusas, mezcolanza de tantas cosas que pudiera decir, porque en vez de un año, tengo la sensación de haber vivido una década fuera del país. Tantas cosas buenas, tantas cosas malas, tantas experiencias. Aprender a compartir lo bueno y a callarse lo malo, a llorarlo en silencio, a no decírselo a la mamá. No es un tema de orgullo, es un tema de fortaleza, tiene que ver con no querer preocupar al otro y a su vez con el hecho de que una mamá tratando de confortarte es maravillosa pero también puede ser el punto de quiebre cuando estás pasando por un mal momento. Eso fue lo que confirmé cuando en un momento determinado me enfrenté ante el hecho de tener casa y trabajo hasta la misma fecha, de que Cadivi brilla por su silencio y de que me veía potencialmente sin casa y sin empleo para resolver. Como dicen que Dios aprieta, pero no ahorca, logré resolver todo exactamente cinco días antes de esa fecha límite y cuando lo hice dormí tranquilamente por primera vez, durante tres días seguidos, con una paz que también es indescriptible (como muchas de las experiencias que me han tocado vivir).  ¡Todo esto es tan complicado! 

Hoy escribo desde un cuarto mínimo y feo, con una vista maravillosa y me parece mentira que mi vida sea ésta, recapitulo y siento que pudiera escribir un libro con esta experiencia. He aprendido a pararme de frente a las dificultades, a mirarlas a la cara y decirles: tú no vas a poder conmigo. He aprendido a disfrutar la vida de una manera distinta, a encontrar cosas para hacer que impliquen poquísimos o cero gastos, a disfrutar las cosas simples, a vivir cada día -simplemente vivirlos-. Me he reconciliado con el placer de caminar en la calle durante la madrugada y su efecto sanador para muchos males. He crecido, he madurado, he llorado y he reído. No se qué pasará con mi vida en seis meses o un año, porque también he aprendido el valor del "como vaya viniendo vamos viendo", no porque quiera, sino por necesidad, una necesidad que termina ayudando mucho a desarrollar habilidades para lidiar con situaciones varias. El futuro viene en camino y ya lo iremos resolviendo, el pasado me ha fortalecido y el presente es una oportunidad. Si tuviera que describir mi emigración en una frase, tendría que ser: He aprendido. 

Seguiré aprendiendo, seguiré creciendo, espero llegar más temprano que tarde a la ansiada etapa de estabilidad, aunque algo me dice que cuando suceda extrañaré un poco la locura de estos tiempos. He vivido, vivido y vivido, pero nunca me he arrepentido. No ha sido fácil, pero siento que emigrar fue la mejor decisión que pude tomar. Y cuando me cuesta, recuerdo una célebre frase de Laureano Márquez que curiosamente él dirigió a quienes se quedaron, pero que yo la he hecho mía como un mantra: 

"No hay plan B, el único plan B, es  echarle bolas al plan A". 


25 de julio de 2014

Caracas te... ¿quiero?


Caracas: una palabra, una ciudad, un pensamiento aterrador, los recuerdos. Soy caraqueña de pura cepa, nací en el Hospital Universitario cuando todavía era un lugar para que la gente de la ciudad fuera a dar vida, en lugar de morir producto de un tiroteo. Caracas me vio estudiar, me vio crecer, me regalo experiencias.

Muchos de los mejores recuerdos de mi vida están en esa ciudad al sur del mundo con la extraña cualidad de producir en quienes la han habitado un incurable Síndrome de Estocolmo. Y es que Caracas es una ciudad para sentirse feliz, para maravillarse con el trópico, para admirar las palmeras, para ver llorar al cielo, para mirar hacia arriba y deleitarse con el azul, para perderse en la imagen del Ávila, para ver nacer los años nuevos desde las alturas, para verla de noche con la sensación de que las miles de lucecitas son una maqueta inofensiva ¿París ciudad de la luz? Caracas con sus barrios iluminados. Caracas con sus Cristofué mañaneros, con sus azulejos, con sus torditos, con sus bandadas de loros y guacharacas adornándonos las mañanas. Caracas con sus (mis) guacamayas atravesando la ciudad desde Petare hasta la Urbina, inocentes de las miles de tragedias que transcurren en su cotidianidad.

Esa es mi Caracas, la que nos sorprende de pronto con una obra de Soto, en la que los viejitos bailan salsa o juegan dominó en las plazas, la Caracas en la que la gente sale a correr tempranito, en la que cientos de personas se ejercitan bajo las estatuas de nuestros Próceres. La ciudad de irse a comer una "bala fría" o una arepa a las seis de la mañana después de una rumba, la del ron barato e inagotable, la de los teatros, la de la parranda, la de la cultura. La ciudad de la Universidad Central de Venezuela y su Tierra de Nadie, inigualable para acostarse a estudiar por las tardes; la de las aulas abiertas. La ciudad de la Universidad Católica con su bullicio en tono sifrino y en donde las partidas de truco se dejan para la casa porque están prohibidas en el campus. Mi Caracas, tu caracas... nuestra casa. 

Desafortunadamente, Caracas es también una de las ciudades más aterradoras del mundo, es la ciudad de la neurosis, del agotamiento, del smog, del ruido ensordecedor y perenne: motos, música, gritos, cornetas, autobuses, mentadas de madre. Es la ciudad de la tristeza, en la que en cada esquina una madre llora la partida de un hijo que nunca volvió porque de regreso a casa se encontró con el cañón de una pistola. La ciudad de las colas interminablemente inhumanas, 2 horas, 3 horas, ya no llego a la oficina ¡coño es que está lloviendo! ¡ya esta vaina se volvió un caos! A alguien se le cayó el rancho, otro se quedó sin nevera porque la lluvia se la llevó y apareció en la mitad de la Carretera Panamericana. Caracas es la ciudad del "menos mal que no te pasó nada", "avísame cuando llegues", "guarda el celular", "camina rapidito", "mira pa' los lados", "secuestraron a fulanito", "mataron a sutanito". La ciudad del estatus repetido en facebook: "un motorizado me robó el teléfono, borren mi número y pásenme los suyos por privado". Caracas es la ciudad en la que se baja la mirada, en la que no se busca peo, en la que si te roban mejor entrega el teléfono porque "lo material se recupera". La ciudad del Guaire lleno de indigentes y prostitutas, ese río sucio y terrorífico del que pocos han salido vivos, uno que algún gobernante con aspiraciones de ladrón de cuello blanco nos prometió limpiar. Caracas es la ciudad que poco a poco se queda sin libros, sin papel, sin comida, sin gente, sin ganas de ser ciudad, sin alguien que le haga un cariño. Caracas es una ciudad que todos dicen querer y nadie quiere cuidar. Hundida entre cerros de basura, hedionda a pólvora y a sangre, a alcohol, sonrisas y lágrimas. 

Caracas es, en fin, como una mala relación de pareja. Si alguna vez la amaste, no la olvidas. Cuando piensas en ella tiemblas en una aterradora mezcla de emoción y miedo, de alegría y tristeza, de orgullo y dolor. Ella te golpea, te maltrata, te agota, te agobia, te ahorca, te ahoga y al día siguiente te amanece, te sonríe, te hace brisa y te saluda. Caracas se queda con los afectos de quienes la abandonaron, es una ciudad que termina contigo y te deja sin nada, sin amigos, sin casa, sin familia... te lanza al mundo, te deja solo contigo. Caracas es una ciudad que nos deja necesitando rehabilitación y psicoanálisis, es una relación amor-odio constante. Caracas es humana e imperfecta.

¡Ay mi Caracas! Te extraño y te quiero querer, tanto como te quiero olvidar. Gracias por tanto, gracias por nada. Inagotable, entregada. Feliz cumpleaños mi Caracas cotidiana, bipolar... maltratada. 

26 de junio de 2014

El roce


"Hemos llenado el mundo de ruido y nos hemos apretado en las ciudades, pero sobre todo procuramos desesperadamente que ese abrumador espacio que es la cama se pueble con otra respiración, alguien que tosa, ría, se despierte en la madrugada buscando el vaso de agua a tientas, y en algún momento nos roce con el pie, casi por equivocación, seguramente porque la cama en realidad no es tan grande. Ese milimétrico roce de la piel parece salvarnos de ese abismo cotidiano que es la noche: la escenografía más operática de la soledad. Somos devastadoramente frágiles. Se nos siente la costura con demasiada facilitad". 
Leonardo Padrón - Kilómetro Cero

20 de junio de 2014

El recuerdo de mi primer amor

Recientemente me encontraba haciendo una actividad llamada "25 canciones", cada día debía publicar en redes sociales una canción que correspondiera a un recuerdo, según la pauta que tocara y con su correspondiente explicación. Cierto día tocaba compartir una canción que me recordara a mi primer amor y la imagen fue tan agradable que decidí compartirla con mis lectores:

Nos conocimos cuando yo tenía unos 9 años y él 10. Nos 'hicimos novios' un tiempo después. Estábamos en el patio de la casa de sus abuelos y él me preguntó si quería ser su novia mientras me enseñaba a bailar trompo. La relación duró (con recesos) hasta que yo tenía unos 15 años y él 16. 

Nos quisimos bonito, con canciones, con inocencia, con mucho mar de por medio y con muchas palabras dulces. Montamos bicicleta juntos. Yo le dejé un ojo morado una vez. Contribuí a cuidarlo cuando tuvo paperas, a pesar de las amenazas de contagio. Él me regalaba un Prestigio en cada cumple mes. Juntos vimos El Rey León por primera vez. 

Él le regaló una vez una dona a mi mamá para ganarse su simpatía. Mi perro -que era un demonio- intentaba tener relaciones con su pierna. Él usaba zapatos Airwalk y a mí me parecía el más bello de todos los adolescentes del mundo. 

Juntos escuchábamos toda clase de música: con él me nació el cariño por Luis Silva, la afición por los primeros discos de Arjona y de Shakira. A él le fascinaban los 007 y hasta el día en que me muera, cuando escuche "El último beso" lo recordaré. 

Él vivía en Valencia y yo en Los Teques, nos veíamos poco, pero nos llamábamos mucho -desde la casa o el teléfono público-. Mi mamá y yo tuvimos que establecer un acuerdo de número y duración de llamadas mensuales desde el teléfono de la casa. Nos enviábamos a través de su prima, desesperadas cartas de amor que aún conservo, con mala ortografía y caligrafía aún peor, pero cargadas de dulzura y sinceridad. Él era temperamental y celoso, yo era paciente y lo celaba de su vecina (el tiempo me dio la razón en eso porque ella fue su siguiente novia).  Él decía que yo tenía las manos más bellas del mundo, yo escribí el primer verso de mi vida para sus ojos negros. Juntos aprendimos a hacer cariño, a besar, a tomar la mano del otro. 

Tengo por lo menos diez años sin verlo, pero nunca perdimos contacto. Hay dos días al año en los que tenemos una cita telefónica obligada: nuestros cumpleaños. Ocasionalmente hablamos en otra fecha y nos comentamos alguna que otra tontería. 

El me enseñó, sin saberlo, a sentirme querida y cuidada, a sentirme siempre como una dama; algo que siempre le agradeceré profundamente. Quizás por eso nunca me he conformado con menos. Tal vez por la misma razón, siempre he sentido un cariño muy bonito por él. Él se casó y, si hace sentir a su esposa tan feliz y especial como me hizo sentir cuando yo era una niña, ellos serán infinitamente felices juntos. 

Esta canción fue la primera de varias que me dedicó, una tarde en el zaguán de su casa de playa...


16 de junio de 2014

Divagando...

Quizás es la culpa, tal vez sólo esté deprimida. Es probable que simplemente sea miedo. De pronto es esa asfixiante sensación de que te traicioné, de que prometí cuidarte siempre y no lo hice, te abandoné. Es esta desazón de no saber si te volveré a ver y si lo hago, cuándo será ¿me reconocerás? Después de todo fui yo quien decidió darles la espalda, quien huyó, quien fue egoísta... quien nos separó... no hay otros culpables en esto. Quizás es amor, añoranza, dese, costumbre. Tal vez se trate de lo que no podré hacer sin tí... pero también podría ser solo una excusa para buscar pretextos porque en el fondo soy yo quien se siente vacía sin tí... desnuda, desprotegida, perdida y asustada. Ahora me toca reinventarme, reaprenderme y reconstruirme en esta ausencia de ti, en este exceso de mi, en este lugar en que no somos nosotros... sin tí... sin mi... sin ella... sin ustedes... sin refuerzos, como los valientes. Como la heroina que aún no aprendo a ser...